retornos de vuelos y silencios de brisas y recuerdos,
todavía no he aprendido como se vive sin tus besos de
miel y coco no puedo prescindir de tu cuerpo ni del
aire que lo mueve.
No quiero que te vayas pretendiendo amor hacer música
en movimiento al compás de tu sueño y mi sueño, no
estaré en la bahía de los sentimientos donde cruzan
los barcos cargados de olas con sabor a recuerdo,
estaré si me buscas donde comienzan las palabras
y crecen los sentimientos y por cada instante de
nostalgia pondré siempre si me dejas la vida que
me deja tu sonrisa y el llanto de la despedida.
Amor siempre vuelves disfrazado de mariposa
me regalas la primavera eterna la que nunca
muere.
Los velorios se hacen aún más tediosos cuando se trata de alguien con quien nunca conviviste, o incluso nunca conociste; sin embargo las circunstancias te obligan a asistir a un recinto donde te congregas con otro tanto de personas desconocidas que te da pena saludar porque no sabes si son dolientes del difunto al que "visitas" o del difunto de la sala contigua.
MAMÁ: -Mira! Ahi está Carlos! -
YO: -... (who te f*ck is Carlos??!) -
Algo que llama mi atención es la capacidad que algunas personas tenemos para manejar la muerte con simpatía. Y no es por falta de respeto, sólo nos invade la ironía y la dejamos fluir.
"Aún no llevan la caja a la sala", decía Carlos con aire despreocupado mientras resoplaba y se agarraba obsesivamente la punta de la nariz... "Apenas le están presentando el cuerpo a los familiares... ¿Ah, que no la conocían ya?", agregó entre risas y mamá riendo también, lo reprendió con un golpe en el brazo. Él se encogió de hombros.
Entras en la sala, que parece congeladora por lo fuerte que tienen el aire acondicionado en esos lugares. "¿Será para que no se descomponga el difunto tan rápido?", pensé de inmediato.
Las paredes color verde pálido, las pesadas cortinas de una gruesa tela aterciopelada color mostaza, sillones y más sillones enormes estilo victoriano. Gente desconocida hundida en ellos, hablando entre sí en voz baja. Una pequeña escalinata, arreglos de flores blancas, una gran caja de madera chapada, un crucifijo grande y una biblia abierta en un pedestal... Todo inherte, como si siempre hubiese estado ahi.
Saludas a todos con un gesto discreto, inclinando la cabeza, tratando de pasar inadvertida, ignorando las miradas de "¿Y tú, quién eres?". Tomada de la mano de tu tía la más querida, llegas sana y salva al rincón mas alejado de la puerta para hundirte en uno de esos sillones y pasar a formar parte de la escenografía.
YO: (En voz baja, para no desentonar con el resto de los presentes) - Tía, agarramos buenos lugares, justo al lado de la caja... - (Risas suprimidas)
Y el tiempo se relentiza y llega a tus oídos una y otra vez la historia de "cómo murió" que repiten los familiares para deleite de los presentes.
Sentada, con la gran caja frente a ti, contemplas sus acabados, los grabados color oro con La Última Cena de DaVinci en las caras laterales. La tapa abierta y la tela blanca plisada que forra el interior; imaginas la vista: Esa persona inmóvil que descansa dentro con su expresión mortecina, esa cara que nunca has visto y que jamás verás. "Si no la conocí en vida, no la quiero conocer ahora."
una probadita de mi viaje: la vista desde mi habitación de hotel.



